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Blog

El pueblo sin McDonalds

March 31, 2016

 

Nací en un pueblo tan pequeño que no tenía McDonalds.

Así empezó una clienta mía a relatar un episodio de su vida, importante para ella en lo que estábamos trabajando. A mí se me quedó esa frase; en ese momento yo estaba queriendo seguir con el blog que empecé con mucha ilusión, pero que quedó relegado por muchas otras ocupaciones y tareas.

 

Esta clienta sin McDonalds se sentía impulsada a comer en McDonalds cuando viajaba con la familia a otro pueblo más grande que sí contaba con ese establecimiento. Me decía que aunque no tuviera ganas, devoraba una hamburguesa tras otra, porque sabía que esa sería su única oportunidad antes de volver al pueblo.

 

Yo no conocí McDonalds hasta muy entrada mi adolescencia, y cuando lo hice empezaba yo ya a estar en onda vegetariana-comida sana, con lo que McDonalds era poco menos que el lobo disfrazado de abuela. No he pisado un McDonalds hasta mis 52 años, cuando por primera vez fui con mi marido –Ian- a su país –Australia-. A Ian  le costó creer que nunca había puesto un pie en este establecimiento y su hija me miraba como si estuviera teniendo un encuentro en tercera fase. Tengo una foto mía enfrente de ese McDonalds en el que ambos me arrastraron literalmente. Se me ve pinta perdida, con la pelea entre lo chistoso de la situación y la desesperación de todas mis células Green.

 

Así que no, no conozco la voracidad de encontrar un McDonalds, pero sí que conozco la sensación de intensidad de un momento sabiendo que será el último. Busco la manera de vivir así, saboreando esa intensidad. A veces lo consigo y entonces la vida es pura magia, a veces no y dejo pasar el tiempo.

 

Y aquí estoy, escribiendo para un blog que quiere describir la magia de ser mujer. Y me pregunto si esa magia reside en la habilidad de percibir los milagros de lo cotidiano. O quizás es la magia de iniciar la descripción de toda una vida con una simplicidad y dulzura como ésta.  Nací en un pueblo tan pequeño que no tenía McDonalds.

 

En los últimos años, envuelta como he estado en la formación de estudiantes y en el seguimiento de mis clientes, he dedicado mucho tiempo a escribir.  Informes, manuales, programas de entrenamiento, textos, horas de descripciones buscando la manera de transmitir información de la manera más clara posible. Tal como entendía que “debía hacerlo” no dejé mucho espacio para algo propio. En mi intento de ser objetiva, me volví impersonal.  Y de pronto, esta clienta entra por mi puerta y dice “nací en un  pueblo tan pequeño que no tenía McDonalds” y surge todo un torbellino de ideas, sensaciones, experiencias y de nuevo tengo 13 años y escribo cuentos encerrada en mi habitación y que nadie se atreva a molestarme que tengo muy mal genio.

 

Y empiezo a escribir con esta frase, y ni siquiera sé qué quiero decir o adónde voy a llevar este texto. 

 

Y me pregunto si esa es la verdadera magia de la mujer, el no pensar linealmente, como siempre se me enseñó, sino en espacio, en tiempo, en sensación. Hablar no queriendo dar un mensaje, o salvar al mundo, ni siquiera decir algo Importante, pero hablar por el gusto del aire y el movimiento en la boca. Hablar celebrando la vibración del que habla y el que escucha. Hablar por la importancia de la celebración del que habla y el que escucha.

 

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